martes, 14 de febrero de 2017

Juan Capra

Juan Capra en su casa de la Calle Carmen 340, Santiago. Chile.(santiagonostalgico@yahoo.com)
Posteado Originalmente en 2013.

El siguiente es el relato de Don Eduardo Carrasco, Filósofo, Fundador del Conjunto Quilapayún, sobre Juan Capra:

"La primera vez que yo vi a Juan Capra, lo divisé a la salida de la Escuela de Artes de la Universidad de Chile a inicios de la década de los 60. En esa época Juan era el centro de todo un grupo de artistas de gente joven.

Él vivía en Carmen 340 y estudiaba pintura, y ya había empezado a hacer retratos muy bonitos que ya le daban para mantenerse, y él se instaló en esa casa de Calle Carmen, que en esa época era una de esas típicas casa chilenas con muchas piezas. Entonces él para financiarla arrendaba talleres a otros artistas y ahí se fueron a vivir muchos de ellos.

Juan era amigo de la Violeta Parra y era muy admirador de la obra de ella, y en cierto modo él era una especie de discípulo de ella porque cantaba canciones de la Violeta y le interesaba mucho el folclor mas puro, campesino, entonces cantaba cosas así como “El águila americana” o tonadas campesinas, que eran cosas que le había enseñado la Violeta y otras cosas que había recopilado él. Y como él era muy interesado en este tipo de cosas, invitaba a Carmen 340 distintos cantores o cantoras populares de distintos puntos de las afueras de Santiago, ellos se ponían a cantar y se armaban una especies de tertulias con artistas, con pintores, poetas, gente que cantaba décimas, escritores; y la casa se comenzó a transformar en un foco de actividades culturales.

Juan era muy generoso, una muestra de ello es que cuando volvieron los hermanos Parra no tenían donde vivir y como Juan admiraba mucho a la Violeta le ofreció a Ángel que se instalara en la casa de Carmen 340. Con el tiempo a Juan le dieron una beca para estudiar a Francia, esto ocurrió como el año 65, y como la casa tenía vida propia él pensó que la casa podía seguir manteniendo toda esta actividad, entonces como Ángel también cantaba, Juan pensó que Ángel podía ser la mejor persona que podía seguir con estas actividades y le dejó a él la casa, y ahí Ángel terminó con esa forma espontánea  y la transformó en una peña, en un negocio, pero en la época de Juan no tenía ese carácter , la gente iba a comprar vino a la esquina, cosas para comer y ahí se formaba la fiesta de manera muy espontánea, era una cosa bonita de intelectuales, poetas populares…

De ahí Juan Capra se fue a Francia y nosotros el año 1967 hicimos nuestra primera gira a Europa y pasamos por Francia. Él supo que nosotros andábamos por ahí, nos ubicó inmediatamente y él ya tenía en Francia una cosa parecida a lo que había hecho antes en Chile con la casa de Carmen 340, él lo tenía en una calle que se llamaba la Rue Visconti en el barrio latino de París. Ahí Juan nos convidó a cantar, era una casa grande, muy linda, en pleno París, y ahí se juntaba gente, se discutía de política. Era un ambiente intelectual muy interesante.

Como nosotros habíamos tenido problemas con los organizadores que nos llevaban, Juan nos invitó y nos alojamos ahí  algunos días, también hicimos un recital en un muy bonito living en donde se instaló la gente. Ahí cantamos nuestras canciones que despertaron mucho interés porque de ahí surgió la idea de grabar este disco llamado “Juan Capra y Los Chilenos”. Esa fue una de las primeras cosas que grabamos nosotros. Como en esa época teníamos un contrato con Odeón, no podíamos aparecer en el disco con el nombre de Quilapayún y por eso nos pusimos “Los Chilenos” y esas canciones fueron editadas acá en Chile hace poco en el CD por La Fuerza de la historia.

 Ahí aprendimos varias cosas nosotros a través de Juan,  él fue una huella importante porque él nos enseñó el “canto a la pampa” que era parte de su repertorio. Uno de los primeros arreglos que le hicimos a esa canción la hicimos con Juan, y también cantábamos juntos esa canción que hizo al Che Guevara y cantábamos otras cosas.

Unos dos años después lo volvimos a encontrar en otra gira pero él estaba en Italia, y ahí también tuvimos actividades con Juan, él hizo toda una carrera en Italia, él era muy activista y le gustaba cantar en todas actividades solidarias, actos Por Viet Nam, etc..

Después supe que él se había venido a Chile durante la dictadura. Durante todo el tiempo que estuvimos exiliados en Francia nosotros le perdimos la pista.

Juan era hemofílico,  por eso tenía problemas en las articulaciones, en las rodillas, en los codos, porque de repente tenía derrames internos y se le bloqueaban las rodillas, sufría mucho dolor, tenía que hacerse transfusiones de sangre, le tocaba vivir una situación muy terrible.

Yo supe que cuando Juan volvió a Chile los milicos lo agarraron en algún momento, no sé que pasó ahí, parece que lo torturaron, algo pasó con él muy terrible.

Juan fumaba mucha marihuana, él estaba muy metido en eso, de una manera muy complicada, y él se fue decayendo físicamente, con mucha dificultad para vivir, fue cayendo cada vez mas bajo y llegó hasta un nivel extremo… terrible. Una vez en los 90, lo encontré en el centro: Juan había quedado completamente inválido y andaba en una especia de carretita con rueda, casi no podía caminar, y él estaba pidiendo limosna. Yo traté de ayudarlo, pero él ya estaba en otra, era muy difícil conectarse con él, estaba como en otro mundo. Vivía en esta carretita y se iba a un lugar a dormir.

 Fue una historia completamente dramática… se fue apagando, apagando, incluso su pintura fue perdiendo esa lozanía que tenía antes cuando era mas joven o cuando estaba en Italia o en Francia, aunque en Italia se dedicó mucho a cantar.

Cuando lo vi a la vuelta de mi exilio lo encontré muy apagado, no era la persona que nosotros conocimos en París, porque Juan era una persona muy curiosa, que tenía un atractivo que lograba reunir mucha gente entorno suyo, tanto aquí en esta casa de Carmen 340 como en Francia. Juan era el alma de estos grupos de gente joven, intelectuales, pintores, que vivían en torno a todas estas cosas, estas actividades que realizaba él. Juan se movía mucho, se conseguía cosas, él fue el que gestionó la grabación que hicimos en el sello Barclay en Francia, siempre estaba vinculado con grupos políticos, con artistas, con grupos intelectuales y en Italia también fue así. Era un personaje muy atractivo, por eso era tan terrible verlo en su decadencia. Yo no sabía que hacer con él, él era otra persona, un ser distinto, ya no pintaba o pintaba muy mal, tampoco creo que haya cantado después, se fue apagando, apagando, hasta que un día supe que había muerto.

Es como una vida malograda, bien trágica, bien terrible."

Palabras de Don Eduardo Carrasco, extraídas de una entrevista telefónica realizada durante el año 2012.

Juan Capra- Casa de la Cultura Suecia 1968 (www.Patriciomonterotoro.cl)

A continuación los dejo con un mensaje de Angélica Capra sobre este blog y sobre las palabras de Eduardo Carrasco (mensaje extraído de su facebook y reproducido con autorización)

Sres Discoteca Nacional: 
Presente. 

Grata sorpresa la de encontrar este blog donde se rescata la figura enorme de mi hermano " Juan Capra ",genial y precoz pintor, único artista plástico chileno que una de sus obras es parte de la colección del " Louvre. " . Como músico fue recopilador, compositor e intérprete de nuestro canto popular....pilar fundamental de lo que se denominó nueva canción chilena donde destacan sus composiciones con contenido social. También brilló como un incomparable interprete de la cueca.

En líneas generales concuerdo el relato biográfico entregado, sin embargo no puedo dejar pasar las palabras que según el editor habría expresado el Sr E.Carrasco “Juan fumaba mucha marihuana, él estaba muy metido en eso, de una manera muy complicada, y él se fue decayendo físicamente, con mucha dificultad para vivir, fue cayendo cada vez mas bajo y llego hasta un nivel extremo…"terrible"”

Afirmar que la depresión profunda sufrida por mi hermano Juan se debió al consumo de la marihuana me parece de una ligereza y liviandad realmente pueril seria desconocer:

 1.*La terrible persecución política que sufrió siendo dos veces detenido y torturado por los organismos criminales de entonces evidentemente se le cerro todas las posibilidades de trabajo en el campo artístico- cultural...posteriormente el hecho de no aceptar claudicaciones ni transas le costó el abandono político de quienes habían estado a su lado, por lo que nuevamente fue " marginado". 

2*.La muerte de nuestra madre y al poco tiempo la prematura y repentina muerte de mi hermano Jorge, sumando a la situación de exilio en que yo me encontraba, lo dejó en total desamparo de su entorno familiar.

3*Todo esto mas el progresivo avance de su cruel enfermedad fue una sumatoria de la cual creo que ningún ser humano puede resistir. Ojala que los escasos medios con que contaba le hayan permitido comprar algo de marihuana para mitigar sus terribles dolores físicos y emocionales.

Juan Capra.... terminó solo acompañado por sus pinceles y cantos al igual que Salvador Allende terminara solo rodeado por los muros de La Moneda y al igual que Violeta Parra terminara sola acompañada por las telas de su carpa... es el precio de los que dignamente luchan y entregan todo hasta el final en pos de una causa............. 

Angélica Capra
24 mayo 2012

lunes, 13 de febrero de 2017

Juan Capra en Roma - 1970 - Algunos recuerdos de Francesca Caddeo



Hace un poco mas de un mes recibimos un e-mail de Francesca Caddeo contándonos sus recuerdos de Juan Capra en Roma a inicios de 1970.

Les compartimos el recuerdo de Francesca primero en castellano, realizado en una traducción libre, y posteriormente su original en italiano.

"Hola y Feliz Año Nuevo. Calmadamente, usando mi lengua italiana,  voy a relatar brevemente la ocasión cuando conocí y frecuenté a Juan Capra.

No recuerdo el mes, pero fue en el frío  invierno de 1969-1970 (*hay que considerar que la estación de Invierno en el Hemisferio Norte comienza en Diciembre y termina en  Marzo). Aún estaba muy presente el movimiento del año 1968. Yo en esa época había dejado la casa de mis padres y estaba estudiando lo cual lo podía hacer gracias a una beca  (luego me gradué en julio de 1971 con una tesis sobre Chile, donde, sin embargo, nunca he estado), y vivía en una pequeña casa en el centro de Roma: 102 escalones hasta la planta superior  en via del Corso 315. Era una casa desocupada por una amiga que se había unido a su compañero en Santiago.

Éramos un grupo de amigos de izquierda – con poco dinero y muchos  ideales y entusiasmo - que pensaban que iban a cambiar el mundo y que se conocieron durante el día y la noche en la plaza Navona en una pequeño local cerca de la plaza Campo de’ Fiori, se llamaba de hecho, Il Campo y  era administrado por un par de amigos nuestros, Biagio y Michela. Era un lugar sencillo, sin adornos, donde se podía  tomar un vaso de vino, charlar, jugar a las damas o al ajedrez. También había un piso inferior, una especia de sótano con sillas donde se podía a escuchar a los que querían cantar o tocar: cantar y tocar era para nosotros una parte integral para cambiar la sociedad y el mundo.
Allí una tarde se presentó Juan con su amigo Mario. Estaba muy enojado: "Somos todos compañeros", dijo, "pero cuando uno necesita la mano de alguien no hay ninguno! Yo, por ejemplo, no tengo casa dónde ir .... " Esa noche yo no estaba allí, estaba fuera de Roma, sin embargo, el que era mi pareja en ese momento si estaba presente y quedó muy impresionado por su discurso y le dio las llaves de mi casa  y así fue como me encontré con ellos, Juan y Mario, en mi casa a regreso. Al principio yo estaba un poco desconcertada, ya que mi compañero no me había pedido mi opinión, pero rápidamente resultó posible la convivencia, llegando a ser agradable. Juan era gentil, amable, cariñoso, amoroso. Cuando llegué a casa parecía que él había conseguido una reina: Me pidió que me sentará sobre el sofá, en el cual había tendido un poncho mejicano, me pidió que me mantuviera quieta y dibujó. Sus movimientos eran realizados con cautela,  lentamente, pero cada noche era capaz de ir al local para tocar y cantar, con seriedad y calidez, marcando el compás con sus zuecos de madera. Él fue muy querido por todos nosotros, quienes cantamos y aprendimos sus canciones, e incluso llegamos a bailar la trastrasera cuando cantaba “Mariquita dame un beso” ... Al cabo de unos meses de vivir en ese espacio demasiado pequeño nos separamos y nos perdimos de vista. Creo que  luego fue hospedado por Giovanna Marini, un cantante y promotor de canciones populares y políticas, que vivían cerca de la Piazza Cavour.

Le he enviado tres retratos, dos discos – “Cantos y Danzas de Chile” y “Chile canta y lucha”, el segundo con una dedicación, pero que esta borrada debido a que fue realizada a medias con tinta líquida - y la memoria que me inspiró a buscarlo y "encontrar"  el blog  Discoteca Nacional Chile  a quien agradezco infinitamente. 
Muchas gracias. 
Y un abrazo 
Francesca Caddeo"



Original en Italiano:

"Buongiorno e buon anno, gentile signor Vìctor. Rasserenata dall’uso della mia lingua le vado brevemente a raccontare l’occasione in cui ho conosciuto e frequentato Juan Capra.

Non ricordo il mese ma era l’inverno 1969-70, faceva freddo. Era ancora ben vivo il movimento del Sessantotto. Io stessa, fuggita dalla casa paterna, studiavo ancora (mi sono poi laureata nel luglio del 1971 con una tesi sul Cile, dove peraltro non sono mai stata), mi mantenevo con una borsa di studio, e vivevo in una casa piccolissima nel centro di Roma: 102 gradini all’ultimo piano di via del Corso 315. Era una casa lasciata libera da una mia amica che aveva raggiunto il suo compagno a Santiago.

Eravamo un gruppo di amici di sinistra – poco denaro e tanti ideali ed entusiasmo – i quali pensavano che avrebbero cambiato il mondo e che si incontravano di giorno in piazza Navona e di sera in un piccolo locale vicino a piazza Campo de’ Fiori che si chiamava, appunto, Il Campo, tenuto da due altri nostri amici, Biagio e Michela. Era un locale semplice, disadorno, in cui si poteva bere un bicchiere di vino, chiacchierare, giocare a dama o a scacchi. C’era anche un piano inferiore, una specie di cantina con delle sedie in cui si andava ad ascoltare chi sapeva e aveva voglia di cantare o suonare: cantare e suonare era per noi allora parte integrante del cambiamento della società e del mondo.

Lì una sera capitò Juan con il suo amico Mario. Era molto arrabbiato: «Siamo tutti compagni», diceva, «però quando c’è bisogno non c’è nessuno che ti dà una mano! Io, ad esempio, sono senza una casa dove andare...». Quella sera io non c’ero, ero andata fuori Roma, c’era però il mio compagno di allora che fu colpito dal suo discorso e che gli diede le chiavi di casa mia, e fu così che me li trovai, Juan e Mario, in casa al mio ritorno. Lì per lì fui un po’ sconcertata, e anche urtata con il compagno che non aveva chiesto il mio parere, ma poi la convivenza risultò possibile, anzi gradevole. Juan era mite, gentile, premuroso, affettuoso. Quando arrivavo a casa sembrava che arrivasse una regina: mi faceva sedere sul divano su cui aveva steso un poncho messicano, mi pregava di restare ferma e disegnava. Si muoveva con circospezione e lentezza, ma tutte le sere veniva al Campo e suonava e cantava, con serietà e calore, battendo il tempo con gli zoccoli di legno. Era molto apprezzato, tutti amavamo e avevamo imparato le sue canzoni, ballavamo la trastrasera quando lui cantava Mariquita dame un beso... Dopo un paio di mesi di convivenza in quello spazio troppo esiguo ci siamo separati e ci siamo persi di vista. Mi pare che poi lui fosse andato ospite di Giovanna Marini, una cantante e raccoglitrice di canzoni popolari e politiche, che abitava dalle parti di piazza Cavour.

Mi sono rimasti di lui i tre ritratti, due dischi – Cantos y danzas de Chile e Cile canta e lotta, il secondo con una dedica che però è mezzo cancellata perché fatta con inchiostro liquido –, e il ricordo che mi ha spinto a cercarlo e a ‘trovarlo’ nella preziosa Discoteca nacional de Chile del prezioso Vìctor Tapia, che ringrazio infinitamente. Grazie mille. E un abbraccio         Francesca Caddeo"










domingo, 2 de junio de 2013

Varios Interpretes: Folk Festival. Década del 60. Reedición 1991-1998. Italia









Gracias al aporte de Vladimiro les dejamos en esta oportunidad con un CD editado en la década del 90 que contiene los dos volúmenes editados en la década del 60 en Italia con registros del Folk Festival realizado en Italia por esa época, un festival que se centraba en mostrar expresiones populares italianas principalmente y algunas expresiones folclóricas del mundo, y que tuvo entre sus invitados a un chileno: Juan Capra, que participa en dos temas en estos registros. Sobre Juan Capra pueden encontrar mas detalles aquí.

Sobre mas detalles de los interpretes pueden encontrar en las imágenes superiores.

Los invitamos a escuchar música de diversas partes del mundo, centrándonos en Italia, y donde nunca falta un chileno

En Linea

lunes, 21 de mayo de 2012

Juan Capra: Chants populaires et revolutionnaires du Chili-Cercle du Disque Socialiste- EDI Paris. Francia









Este single que dejamos en este post corresponde a una grabación realizada en la década del 60, no podemos identificar claramente el año, y contiene grabaciones recopiladas por Violeta Parra, Millaray, Margot Loyola, por él, y una canción de Richard Rojas.

Los músicos que lo acompañan son:

Alfredo de Robertis: Quena
Raul Maldonado: 2da Guitarra
Cirilo Vila: Tamborín
René Silva: Bombo
Luz Donoso, Irene Domínguez y Nanay Arellano: Animación.

Lado A:
1.Canto a la pampa- Habanera- Carlos Pezoa Véliz (sic)
2.El pan - Resfaloza- Ricardo Rojas

Lado B:
1.Hace falta un guerrillero- Tonada- Violeta Parra
2. El Costillar - Romance Popular- Recogido por Margot Loyola
3. ' Toy agurrio n'el puerto - Cueca - Ramón Meza- recogido por Juan Capra (sin embargo se escucha otra cueca que fue recogida por Millaray)

El Línea


Los Chilenos- Juan Capra. 1968 Barclay. Francia






Este es el único disco, que tenemos registro, de Juan Capra grabado junto a Quilapayún, cuando el conjunto hace su primera gira a Europa el año 1967.  El conjunto no podía aparecer con su nombre en este LP ya que tenían contrato de exclusividad con el sello Odeón. Este LP nunca ha sido editado completo en Chile, solo las canciones de interpretadas por Quilapayún fueron incluidas en un CD, de todas formas el acompañamiento a Juan Capra, cuando él no solo se acompaña por su guitarra, también es realizado por el conjunto.

En este LP Juan Capra una vez mas nos entrega cantos ligadas fuertemente al repertorio mas tradicional del canto popular, interpretados con toda la fuerza y naturalidad de este artista chileno

Lado A:
1. La huella- Folklore/ Marco Riva
2. Somos Pajaros Libres- (Canción)-Víctor Jara
3. Los Pueblos Americanos- (Cueca)-Violeta Parra
4. La flor que anda de mano en mano- (Canción) Folklore/ recogida por Víctor Jara
5. El ángel está llorando - (Canto a lo divino) Del folklore- Chile. Recogida por Víctor Jara
6. Romance de Juan Hilario Álvarez- Del Folklore- Recogido por el Conjunto Millaray

Lado B
1. El Minero- Folklore- Marco Riva (sic)
2. La Paloma- (Trote)- Eduardo Carrasco
3. Tengo una pena - Inés Moreno- Chile
4. Contrapunto entre el águila americana y el cóndor chileno- Juan de la Cruz Herrera Escobar- Chile
5. Resfaloza del Viet Nam- Salinas y Capra
6.Las Pariciones- (Cueca)- Folklore de Chile. Perú y Bolivia

En Línea

Juan Capra: Chants et danses du Chili. Le Chant Du Monde. Francia






Acá los dejo con otro disco de Juan Capra, se trata de un registro realizado para el sello Francés Chante Du Monde, en este disco Juan Capra se acompaña por diversos instrumentistas de los cuales no se entrega detalles en el LP, como tampoco de quienes son los recopiladores de cada una de los registros.

Lado 1
1. Valparaíso
2. Huachi-torito
3. Parabienes a los Novios
4. Paloma desmemoriada
5. Adiós que se va segundo
6. Mariquita

Lado 2:
1. Anoche me resfalé
2. El Pavo
3. Ingrata goza tu gusto
4. Que mas te puedo dar
5. Yo crié un palomo
6. Corra la nave

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Juan Capra: Cile Canta e lotta 1 - Canti populari cileni di ieri e di oggi. Vedette Records- 1973





Diseño de la edición en CD:





Este disco contiene grabaciones realizadas por Juan Capra en Italia, fue editado como el primer volumen dedicado contra la resistencia chilena una vez que se supo el golpe militar de 1973. Según lo que indica la contraportada de este disco Juan Capra viajó a Chile para seguir el proceso de la UP y después de la fecha de El Golpe no habían tenido mas antecedentes sobre el músico.

En este LP se reconoce a Juan Capra como uno de los mas activos protagonistas del "revival" del Folk Italiano; y a la fecha este registro se mantiene inédito en Chile.

Lado 1:
1. Dicen que no caben- Resfaloza
2. Blanca Flor y Filumena- Romance
3. Dicen que los monos - Polka
4. Versos por padecimiento - Canto a lo divino
5. El hundimiento del Transporte Angamos- Vals
6. San Pedro se puso guapo - Cueca
7. Desen las manos - Pericona

Lado 2:
1. Bajando de Los Andes - Resfaloza
2. Viva Balmaceda - Cueca
3. Tengo una pena - Vals
4. Sirilla - Sirilla (Según el favor del viento- Por qué los pobres no tienen)
5. Contrapunto entre el águila américana y el cóndor chileno
6. Yo me vuelvo para Chile - Sirilla

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lunes, 14 de mayo de 2012

El Caso Covema y la Monja Misteriosa

Por Alejandra Matus extraido de Casos de la Vicaría UDP

En este caso, presente en los Archivos de la Vicaría de la Solidaridad, se encuentra presente el nombre de Juan Capra, en estas líneas no se entrega el detalle de los sucedido con el artista chileno durante su detención.

Entre el 23 de julio y el 2 de agosto de 1980, al menos 14 personas fueron secuestradas por el Comando de Vengadores de Mártires, un grupo formado por el entonces director de la Policía de Investigaciones, Ernesto Baeza, para vengar la muerte del teniente coronel Roger Vergara, asesinado por el MIR el 8 de julio de ese año. Todos los secuestrados fueron finalmente liberados. Sin embargo, uno de ellos, el estudiante Eduardo Jara, falleció producto de las torturas. En ese caso se inspiró el tercer capítulo de “Los archivos del cardenal”. Treinta y un años después de ocurrido el hecho, Cecilia Alzamora –quien fue apresada y liberada junto a Jara– habla sobre lo ocurrido y entrega antecedentes inéditos sobre el papel que habría jugado una monja como delatora de las víctimas, cuestión que en abril declaró ante el juez Mario Carroza, quien investiga un caso que la justicia había dado por cerrado.

El 23 de julio de 1980, Eduardo Jara, estudiante de periodismo de la Universidad Católica, llamó a su amiga y ex polola Cecilia Alzamora. Ella ya había egresado, pero seguían en contacto. Ambos habían realizado la práctica profesional en Radio Chilena ese verano. Jara estaba muy acongojado porque no tenía dinero suficiente para pagar la matrícula para el segundo semestre. Por eso le pidió a Alzamora que lo acompañara a la universidad. Se le vencía el plazo ese mismo día y necesitaba conseguir que alguien le prestara el dinero. Ella aceptó a regañadientes, como en tantas otras ocasiones en que él enfrentó apuros similares.

Entonces habían pasado 8 días desde que un comando del MIR asesinara al director de la Escuela de Inteligencia del Ejército, teniente coronel Roger Vergara Campos, cuando salía de su casa en Manuel Montt, cerca de Bilbao. Se trataba de una de las primeras acciones ejecutadas por la Fuerza Central del MIR, que en 1978 había dado curso a la “operación retorno” y a inicios de los ’80 contaba ya con un contingente militar para realizar acciones selectivas y de cierta envergadura.

Roger Vergara pertenecía a la inteligencia institucional del Ejército. Su asesinato representó un golpe duro para los servicios de seguridad de la dictadura, algo que motivó la baja inmediata de Odlanier Mena, el flamante director de la CNI (el organismo que había reemplazado a la DINA) y enemigo declarado de Manuel Contreras. En su lugar, asumió Humberto Gordon. Santiago se volvió un hervidero de agentes y policías que tenían como único objetivo capturar a los asesinos de Vergara. En ese contexto, el director de Investigaciones, general Ernesto Baeza, seleccionó a 50 de sus hombres para buscar a los culpables. Así nació el Comando de Vengadores de Mártires, COVEMA. Y partió la cacería.

Mientras viajaban desde el Paradero 25 de Gran Avenida rumbo al Campus Oriente en micro, Alzamora y Jara repararon en la fuerte presencia de policías en la calle.
-No es un buen día para salir-, dijo él.
-Ni menos para andar contigo-, bromeó ella.

Amistad en el Campus Oriente

Cecilia Alzamora estudió periodismo en la Universidad Católica a mediados de los 70. Tenía una hija, era soltera y a pesar de ser de izquierda, había decidido mantenerse al margen de cualquier actividad política. Eran años en que la detención, la marginación, la pérdida de trabajo y aún la muerte podían tocar a cualquiera que expresara oposición a la dictadura y Cecilia quería proteger a su hija. Por eso mantenía la boca cerrada y en la universidad no hacía otra cosa que estudiar.

Nunca le preguntó a Eduardo Jara si él militaba. Ella sospechaba que sí, por su amistad con Mario Romero, un estudiante brillante que terminó la carrera de periodismo en tiempo record, y con el hermano de éste, Gonzalo, quien estudiaba medicina y atendía gratuitamente a opositores sin recursos. “Esos eran los códigos. Había cosas que no se decían, ni se preguntaban”, recuerda.

Había otra mujer que parecía una amiga cercana a Eduardo. Cecilia pensó que ellos tenían una sintonía más política, porque “había muchas conversaciones privadas y secretos entre ellos; o eso parecía”. Lo curioso es que se trataba de una monja (cuyo nombre mantenemos en reserva en resguardo de la investigación judicial), quien había pedido el traslado a periodismo desde la carrera de teología. Algo similar había hecho el propio Jara, quien logró el traslado desde pedagogía.

Cecilia compartió con ella algunos ramos optativos, como un taller de cine, junto a Jara, Cecilia Serrano, Samuel Silva, María Elena Correa, Pamela Jiles y Taty Penna. “La monja”, como le decían todos, era una mujer simpática que se ruborizaba intensamente cada vez que se decía un chiste de doble sentido o un profesor le hacía una pregunta. A Jara le regalaba leche holandesa y ropa usada europea, que conseguía en la Congregación del Buen Pastor, a la que pertenecía (aunque según otra versión, se trataba de una monja paulina).

“Ellos estudiaban juntos. Se prestaban libros. Todavía tengo un texto de ella sobre el Concilio Vaticano II. Eduardo me pidió que se lo devolviera cuando la viera”, dice Alzamora. Pero la ocasión nunca se dio.
Cecilia recuerda que pocos días después del asesinato de Roger Vergara, Jara le confidenció que la monja había tenido una conducta extraña con él.

“Me dijo que se habían juntado en el convento, porque ella le iba a dar algo, y que la monja se levantó el hábito hasta el nacimiento de la pierna, como acomodándose las medias, mirándolo en forma inquietante. Yo lo eché a la broma. Pero él estaba muy preocupado. No entendía por qué la monja había actuado así”.

“Bájate conchetumadre”

Ese 23 de julio, en el Campus Oriente de la Pontificia Universidad Católica, el profesor Oscar González Clark salvó del apuro a Jara y le extendió un cheque por mil pesos. “Ándate corriendo”, le dijo, porque, el plazo para matricularse vencía y Jara tendría que ir hasta la Casa Central de la universidad, frente al cerro Santa Lucía.

“Justo antes de salir nos encontramos con la monja. Eduardo se acercó a decirle algo y yo la saludé cuando terminaron de hablar. Salimos corriendo a tomar un colectivo”, relata.

Cecilia y Jara se sentaron adelante, junto al chofer, porque los tres asientos traseros estaban ocupados. El vehículo se detuvo en un semáforo en calle Los Leones, antes de llegar a Lota. Desde una camioneta C-10 se bajaron varios sujetos armados: “Bájate conchetumadre”, gritaron.

“A mí me metieron una pistola en las costillas, pero yo gritaba: ‘No, no. No me bajo’. Yo no entendía qué estaba pasando. Pensaba que nos querían bajar a todos y no tenía intenciones de obedecer, hasta que Eduardo me dice: ‘Cecilia. Bájate. Nos quieren a nosotros’”.

Los desconocidos metieron a Cecilia Alzamora y a Eduardo Jara en la parte trasera de la camioneta, les vendaron los ojos y los cubrieron con sus chaquetas. Les dieron numerosas vueltas, hasta llevarlos a un lugar, que tiempo después Cecilia reconocería como la Brigada de Homicidios, ubicada en ese entonces en el subterráneo del Cuartel Central de Investigaciones, en calle General Mackenna.

En operativos separados y en días sucesivos fueron secuestradas al menos 14 personas por parte de un hasta entonces desconocido Comando de Vengadores de Mártires (Covema). Entre las víctimas estaban Juan Capra, Nancy Ascueta y Haissam Chaghoury, quienes vivían en una pensión cercana al lugar donde fue asesinado el teniente coronel; los siquiatras Alejandro Navarrete y Eduardo Pérez Arza; una mujer a la que solo se conoció como “la abuela” y el estudiante de medicina Gonzalo Romero. Con los días se sumarían los secuestros de Mario Romero y Guillermo Hormazábal, directores de dos emisoras pertenecientes a la Iglesia Católica y cuya prominencia probablemente haría cambiar los planes del Covema.

La silla giratoria

Alzamora y Jara, los primeros detenidos, fueron separados inmediatamente al llegar a su lugar de reclusión. Fueron desnudados y revisados. A ella le dieron un golpe en la cabeza que le dejó el cuello inmovilizado y a Jara se lo llevaron a otra dependencia. Ella ya no podía escucharlo.

Con los ojos vendados y sentada en una silla giratoria, Alzamora respondió preguntas sobre su supuesta vinculación con el MIR, el asesinato de Vergara y sus actividades políticas. Tras oír sus negativas, los agentes comenzaron a preguntarle por Jara y sus conexiones. Suponían que Alzamora era su polola y que, por lo tanto, sabría. Ella descartó que Jara pudiera estar involucrado en el asesinato de Vergara, porque aunque ya no estaban juntos, recordaba que ese día él había estado ubicable y no mostró especial preocupación por ese hecho. Los interrogadores de Jara iban y venían con listados de nombres que él había entregado en la tortura, para chequearlos con ella. Casi todos eran compañeros de universidad, de los cuales Cecilia desconocía que tuvieran vínculos con organizaciones políticas.

“En un momento, me tomaron y me llevaron a la celda donde tenían a Eduardo. Estaba sentado, desnudo y amarrado, en una silla bajo un foco de luz. Me levantaron la venda para que pudiera verlo y para que él me viera a mí. ‘Ya poh, dile, cuéntale…’ y acto seguido Eduardo dijo que vivía hace varios años con la madre de su hijo, Ana María. ‘Pero no estoy casado’, aclaró seguidamente. Me di cuenta que estos tipos pensaban que nosotros éramos pareja y que de ese modo me iban a poner en su contra para delatarlo, pero yo sabía lo de Ana María. Eduardo les siguió el juego y me pidió perdón por las mentiras que supuestamente me había dicho. Después me llevaron de regreso y me decían: ‘¿Viste que te hicieron güeona?’ ‘Sí –decía yo, siguiendo el mismo juego–. Tienen razón. Qué le vamos a hacer’”.

Cecilia comenzó a sentir la presencia de otros prisioneros. Cuando podía, les preguntaba los nombres. Trataba de memorizarlos. Una anciana –“la abuela” o “señora Berta”– fue llevaba hasta el cuartel para interrogarla por ser vecina de María Isabel Ortega, una militante del MIR. Como la mujer dijo no saber nada, trajeron a un niño, su nieto, para que la conminara a hablar.

Cecilia se daba cuenta de que comenzaba la noche porque se aquietaban los ruidos a su alrededor. A Eduardo Jara lo dejaron en una habitación cercana a la suya. Ella lo oía quejarse, pedir agua. Un día, Jara no regresó. Los agentes le hicieron creer que él había muerto.

“Me sentaron en la silla giratoria y me empujaban de lado a lado : ‘Ahora sí que vai a hablar. El Jara ya cagó. Quedai voh’. Yo les dije: ‘Saben que más, hagan lo que quieran conmigo, van a perder el tiempo’. Y era cierto, porque Eduardo jamás me confidenció nada de sus actividades, si las tenía, y yo solo lo conocía en el contexto de la universidad. Salvo la sospecha sobre la real naturaleza de su relación con la monja, que aún me guardaba”.

Una alarma radial la salvó momentáneamente. Habían asaltado varias sedes bancarias y los agentes salieron en bandada a la calle. Los prisioneros quedaron prácticamente solos. Pero volvieron. Y uno de los agentes, que parecía más educado que los demás, pasó por su lado y le dijo: “Eres lista. No hai entregado na’”.

“Yo imaginé que a Eduardo le habían sacado todo lo que podían hasta matarlo y que ahora me tocaba a mí. ‘Tengo que entregarles algo que les sirva’, pensé y me acordé de la monja. Me habían preguntado por todos los amigos de Eduardo, menos por ella. Sentía culpa, pero habían pasado varios días y suponía que ella habría tomado sus precauciones. Les di su nombre pensando que no podrían hacerle nada porque la Iglesia la iba a proteger. Para mi sorpresa, en vez de averiguar más, dejaron de interrogarme. No me preguntaron nada nunca más”.

Una semana después del secuestro de Jara y Alzamora, el 30 de julio, fueron arrestados Guillermo Hormazábal, director de Opinión Pública del arzobispado y jefe de prensa de radio Chilena, y Mario Romero, director de la radio Presidente Ibáñez, de Punta Arenas, quien estaba en Santiago preocupado por la desaparición de su hermano Gonzalo, secuestrado días antes.  Hormazábal y Romero fueron capturados cuando caminaban rumbo al restaurante Carillón, donde almorzaba el personal de Radio Chilena. El directorio de la emisora comenzó de inmediato una campaña intensa por su liberación y, cosa inusual para la época, la noticia de sus secuestros apareció en la prensa

En medio de la conmoción, los prisioneros fueron trasladados a la Octava Comisaría Judicial de Investigaciones, según pudo aclarar posteriormente la Vicaría.

Jara ya no fue torturado, pero se quejaba constantemente de frío y de hambre. Decía que le dolían las muñecas. Imploraba que no lo dejaran morir.

Hormazábal fue liberado el mismo día de su detención, abandonado en un sitio eriazo con los ojos vendados. Los captores le dieron plata para la micro y le pusieron un papel en el bolsillo en el que se identificaban como Comando de Vengadores de Mártires (Covema). En la madrugada del 31 de julio fue liberado Gonzalo Romero y un poco más tarde, su hermano Mario.

Ese día la Corte de Apelaciones designó a Alberto Echavarría para investigar los secuestros, en respuesta a un escrito del ministro del Interior, Sergio Fernández. En la misma jornada, dos de los liberados dieron una conferencia de prensa, pero Cecilia Alzamora, Eduardo Jara, Nancy Ascueta y otros, seguían desaparecidos.

“Cállate, huevón”

La noche del 31 de julio, según pudo establecerse en los testimonios recogidos por la Vicaría, los guardias que custodiaban a los prisioneros aún cautivos, abrieron una botella de pisco y bebían mientras jugaban naipes. Jara, sentado en una banca, se quejaba. Pedía agua.

“Nos tenían a todos vendados y cerca. Se notaba que movían cuerpos, y yo ya podía escucharlo. El estaba en shock. Desvariaba. ‘Cállate huevón’, le decían los guardias. . Él volvió a quejarse y de repente oí un golpe fuerte y seco. Eduardo quedó en silencio. Ahí sentí miedo. Pensé que estaba muerto o inconsciente, porque no lo escuché más por muchas horas. Hasta que despertó y comenzó a quejarse de nuevo. Estaba muy mal”.

Tarde, el viernes 1 de agosto, los prisioneros remanentes fueron subidos en varios vehículos y abandonados en distintos sitios eriazos en la madrugada del sábado 2.

A Cecilia Alzamora y Jara los mantuvieron en un furgón por largas horas. Uno de los guardias se portó amable y le masajeó los pies al joven, porque los tenía helados y sin zapatos. Luego, en la noche, fueron metidos a un auto que al fin partió.

“Eduardo seguía quejándose de dolor y frío. Se le caía la cabeza para el lado. Le decían: ‘Del MIR y recostándose como huevón. Enderézate’, pero él simplemente no podía. Nos bajaron en Valenzuela Puelma [en La Reina alta] y nos hicieron acostarnos en el suelo, boca abajo. Me dijeron: ‘Cuenta de 100 hacia atrás. Fuerte. Para que te escuchemos’. Ahí me despedí de la vida. Estaba segura de que nos iban a disparar”.

Cecilia no dejó de contar hasta que llegó al número uno. Entonces se dio cuenta que estaban solos y se quitó la venda.

“Hablé con él un poco. Le pregunté si había entregado a la monja. Me dijo que sí. ‘Yo también’, le dije. Lo ayudé a pararse. Casi no podía caminar. Yo le pasé mis zapatos y así pudo avanzar otro poco, pero no podía. Se iba para el lado. Lo dejé debajo de un poste y empecé a pedir ayuda. Me encontré con unos tipos que cuando supieron lo que nos había pasado salieron huyendo, despavoridos. Toqué el timbre en una casa y mentí. Dije que nos habían asaltado y así logré que llamaran a la ambulancia”.

Cecilia y Eduardo fueron trasladados a la Posta 4 de Ñuñoa. En camillas separadas por una cortina, Cecilia oía como los médicos anotaban las lesiones de Eduardo y pedían exámenes. Una enfermera le hizo un gesto indicándole que los médicos eran militares y se negó a tomar las pastillas que le ofrecieron. Ella fue trasladada a una comisaría y Jara quedó en el recinto médico. Mientras esperaba que su familia fuera a buscarla, un carabinero se le acercó y le dijo: “Aquí hay unos periodistas que quieren conversar con usted. ¿Desea atenderlos?”

“Yo acepté pensando que serían colegas. Cuando me hizo pasar a la sala donde estaban, no podía creerlo. Los reconocí de inmediato. Eran los tipos que nos habían secuestrado. Uno que hablaba más que el otro me preguntó si yo creía que podría identificar a mis captores. Les dije: ‘Da la casualidad que se parecen mucho a ustedes’, me di la media vuelta y salí”.
Minutos después un carabinero se acercó a contarle que Jara había muerto. Cecilia se sentía en medio de una pesadilla de la que pronto iría a despertar.

La Monja


A la mañana siguiente, a primera hora, Cecilia se presentó en la Vicaría. Lo primero que pidió fue que alguien se preocupara de la situación de la monja. Ella había dado su nombre en los interrogatorios y quería asegurarse de que alguien le advirtiera que podía correr peligro.

“Los abogados me dijeron que no me preocupara, porque estaba bien, pero noté algo raro. Exigí hablar con el vicario Juan De Castro y él también insistió en que ella estaba bien. ‘No le ha pasado nada’, me dijo, pero no sonó convincente”.

Unos días más tarde, Echavarría ordenó la detención del jefe de la Brigada de Homicidios, José Opazo, y el subjefe, Domingo Pinto, junto a tres subalternos. La justicia aceptó la hipótesis de que el Covema se organizó a espaldas del mando institucional, pero el escándalo obligó a la renuncia casi inmediata del director de Investigaciones, general (R) Ernesto Baeza.

Unas semanas más tarde, por una iniciativa de revista Hoy, todos quienes habían sido secuestrados se reunieron. Entonces Cecilia se enteró de que Guillermo Hormazábal y Mario Romero habían visto a la monja minutos antes de ser detenidos. Contaron que ella les insistió en acompañarlos a almorzar, pero Guillermo se negó explicándole que Mario quería hablar un asunto delicado con él.

Cecilia volvió a la Vicaría. Exigía saber qué había pasado con la monja. Entonces se enteró que su congregación la había sacado fuera del país. Años más tarde descubrió un hecho aún más escalofriante. La monja volvió a Chile desprendida de sus hábitos y ya de civil se casó con José Opazo, el ex jefe de la Brigada de Homicidios, el hombre que dirigió el operativo del Covema. Opazo habría muerto más tarde de cáncer, pero la monja, titulada de periodista, se encontró en un par de ocasiones con Cecilia en actividades profesionales.

“Ella me miraba desafiante. Como diciendo aquí estoy.  A mí se me helaba la sangre. Durante los siguientes 10 años, yo seguí recibiendo llamadas anónimas de amenazas. Principalmente de una mujer. A pesar de que yo me cambiaba constantemente de casa, siempre me ubicaban y amenazaban a mi hija o a mi padre. Una vez llamaron a unos vecinos para decirles: ‘¿Usted sabe que su vecina es una terrorista?’”

Sin temor


Álvaro Varela, uno de los abogados de la Vicaría que estuvo a cargo del caso, recuerda que el ministro Echavarría prácticamente no investigó el caso Covema. Era el mismo juez que en el caso de los  10 dirigentes desaparecidos del PC en 1976 dio por ciertos los papeles que certificaban su salida al extranjero y cerró la causa. En cuanto a estos 14 secuestros, determinó que José Opazo y el detective Eduardo Rodríguez actuaron de motu propio en la detención ilegal de Juan Capra y Nancy Ascueta, y en 1988 los condenó a penas bajas y remitidas. En cuanto a la muerte de Eduardo Jara, el juez no encontró pruebas de que los funcionarios hubiesen participado en su secuestro, ni que tuvieran responsabilidad en su muerte. El caso por su homicidio fue sobreseído sin culpables.

En 1985, la Vicaría obtuvo el testimonio de un funcionario que participó en el operativo como chofer, el que permitió establecer que el Covema secuestró y torturó a Eduardo Jara y que su la creación fue ordenada por el general Baeza. Éste escogió personalmente a 50 de sus mejores hombres para la operación y contó con la colaboración, usual en esos años, de la CNI y aun de personal de Carabineros. Pero la justicia ignoró los antecedentes.

Sobre el crimen de Jara, un militante marginal del MIR, sin participación en acciones militares, el abogado Varela señala: “Investigaciones creyó tener un hilo e intentó aclarar el crimen de Roger Vergara por esa vía. Pero sus pistas eran totalmente erradas. Lo que nunca tuvo una explicación muy clara, fue la violencia de la acción y haber matado a Eduardo Jara, salvo que se les pasó la mano en la tortura”.

Cecilia Alzamora cree que al menos las detenciones de Eduardo Jara, Guillermo Hormazábal, Mario y Gonzalo Romero y la suya se debieron a un “soplo” de la monja.

“Recuerdo que lo discutimos entre nosotros en aquel tiempo, pero optamos por no insistir. Destapar este dato hubiera servido para desprestigiar a la Iglesia y el trabajo de la Vicaría”, relata.

Sin embargo, 21 años después del asesinato de Eduardo Jara, Cecilia Alzamora ya no siente ese temor y en abril pasado declaró lo que sabe ante el juez Mario Carroza.