lunes, 13 de febrero de 2017

Juan Capra en Roma - 1970 - Algunos recuerdos de Francesca Caddeo



Hace un poco mas de un mes recibimos un e-mail de Francesca Caddeo contándonos sus recuerdos de Juan Capra en Roma a inicios de 1970.

Les compartimos el recuerdo de Francesca primero en castellano, realizado en una traducción libre, y posteriormente su original en italiano.

"Hola y Feliz Año Nuevo. Calmadamente, usando mi lengua italiana,  voy a relatar brevemente la ocasión cuando conocí y frecuenté a Juan Capra.

No recuerdo el mes, pero fue en el frío  invierno de 1969-1970 (*hay que considerar que la estación de Invierno en el Hemisferio Norte comienza en Diciembre y termina en  Marzo). Aún estaba muy presente el movimiento del año 1968. Yo en esa época había dejado la casa de mis padres y estaba estudiando lo cual lo podía hacer gracias a una beca  (luego me gradué en julio de 1971 con una tesis sobre Chile, donde, sin embargo, nunca he estado), y vivía en una pequeña casa en el centro de Roma: 102 escalones hasta la planta superior  en via del Corso 315. Era una casa desocupada por una amiga que se había unido a su compañero en Santiago.

Éramos un grupo de amigos de izquierda – con poco dinero y muchos  ideales y entusiasmo - que pensaban que iban a cambiar el mundo y que se conocieron durante el día y la noche en la plaza Navona en una pequeño local cerca de la plaza Campo de’ Fiori, se llamaba de hecho, Il Campo y  era administrado por un par de amigos nuestros, Biagio y Michela. Era un lugar sencillo, sin adornos, donde se podía  tomar un vaso de vino, charlar, jugar a las damas o al ajedrez. También había un piso inferior, una especia de sótano con sillas donde se podía a escuchar a los que querían cantar o tocar: cantar y tocar era para nosotros una parte integral para cambiar la sociedad y el mundo.
Allí una tarde se presentó Juan con su amigo Mario. Estaba muy enojado: "Somos todos compañeros", dijo, "pero cuando uno necesita la mano de alguien no hay ninguno! Yo, por ejemplo, no tengo casa dónde ir .... " Esa noche yo no estaba allí, estaba fuera de Roma, sin embargo, el que era mi pareja en ese momento si estaba presente y quedó muy impresionado por su discurso y le dio las llaves de mi casa  y así fue como me encontré con ellos, Juan y Mario, en mi casa a regreso. Al principio yo estaba un poco desconcertada, ya que mi compañero no me había pedido mi opinión, pero rápidamente resultó posible la convivencia, llegando a ser agradable. Juan era gentil, amable, cariñoso, amoroso. Cuando llegué a casa parecía que él había conseguido una reina: Me pidió que me sentará sobre el sofá, en el cual había tendido un poncho mejicano, me pidió que me mantuviera quieta y dibujó. Sus movimientos eran realizados con cautela,  lentamente, pero cada noche era capaz de ir al local para tocar y cantar, con seriedad y calidez, marcando el compás con sus zuecos de madera. Él fue muy querido por todos nosotros, quienes cantamos y aprendimos sus canciones, e incluso llegamos a bailar la trastrasera cuando cantaba “Mariquita dame un beso” ... Al cabo de unos meses de vivir en ese espacio demasiado pequeño nos separamos y nos perdimos de vista. Creo que  luego fue hospedado por Giovanna Marini, un cantante y promotor de canciones populares y políticas, que vivían cerca de la Piazza Cavour.

Le he enviado tres retratos, dos discos – “Cantos y Danzas de Chile” y “Chile canta y lucha”, el segundo con una dedicación, pero que esta borrada debido a que fue realizada a medias con tinta líquida - y la memoria que me inspiró a buscarlo y "encontrar"  el blog  Discoteca Nacional Chile  a quien agradezco infinitamente. 
Muchas gracias. 
Y un abrazo 
Francesca Caddeo"



Original en Italiano:

"Buongiorno e buon anno, gentile signor Vìctor. Rasserenata dall’uso della mia lingua le vado brevemente a raccontare l’occasione in cui ho conosciuto e frequentato Juan Capra.

Non ricordo il mese ma era l’inverno 1969-70, faceva freddo. Era ancora ben vivo il movimento del Sessantotto. Io stessa, fuggita dalla casa paterna, studiavo ancora (mi sono poi laureata nel luglio del 1971 con una tesi sul Cile, dove peraltro non sono mai stata), mi mantenevo con una borsa di studio, e vivevo in una casa piccolissima nel centro di Roma: 102 gradini all’ultimo piano di via del Corso 315. Era una casa lasciata libera da una mia amica che aveva raggiunto il suo compagno a Santiago.

Eravamo un gruppo di amici di sinistra – poco denaro e tanti ideali ed entusiasmo – i quali pensavano che avrebbero cambiato il mondo e che si incontravano di giorno in piazza Navona e di sera in un piccolo locale vicino a piazza Campo de’ Fiori che si chiamava, appunto, Il Campo, tenuto da due altri nostri amici, Biagio e Michela. Era un locale semplice, disadorno, in cui si poteva bere un bicchiere di vino, chiacchierare, giocare a dama o a scacchi. C’era anche un piano inferiore, una specie di cantina con delle sedie in cui si andava ad ascoltare chi sapeva e aveva voglia di cantare o suonare: cantare e suonare era per noi allora parte integrante del cambiamento della società e del mondo.

Lì una sera capitò Juan con il suo amico Mario. Era molto arrabbiato: «Siamo tutti compagni», diceva, «però quando c’è bisogno non c’è nessuno che ti dà una mano! Io, ad esempio, sono senza una casa dove andare...». Quella sera io non c’ero, ero andata fuori Roma, c’era però il mio compagno di allora che fu colpito dal suo discorso e che gli diede le chiavi di casa mia, e fu così che me li trovai, Juan e Mario, in casa al mio ritorno. Lì per lì fui un po’ sconcertata, e anche urtata con il compagno che non aveva chiesto il mio parere, ma poi la convivenza risultò possibile, anzi gradevole. Juan era mite, gentile, premuroso, affettuoso. Quando arrivavo a casa sembrava che arrivasse una regina: mi faceva sedere sul divano su cui aveva steso un poncho messicano, mi pregava di restare ferma e disegnava. Si muoveva con circospezione e lentezza, ma tutte le sere veniva al Campo e suonava e cantava, con serietà e calore, battendo il tempo con gli zoccoli di legno. Era molto apprezzato, tutti amavamo e avevamo imparato le sue canzoni, ballavamo la trastrasera quando lui cantava Mariquita dame un beso... Dopo un paio di mesi di convivenza in quello spazio troppo esiguo ci siamo separati e ci siamo persi di vista. Mi pare che poi lui fosse andato ospite di Giovanna Marini, una cantante e raccoglitrice di canzoni popolari e politiche, che abitava dalle parti di piazza Cavour.

Mi sono rimasti di lui i tre ritratti, due dischi – Cantos y danzas de Chile e Cile canta e lotta, il secondo con una dedica che però è mezzo cancellata perché fatta con inchiostro liquido –, e il ricordo che mi ha spinto a cercarlo e a ‘trovarlo’ nella preziosa Discoteca nacional de Chile del prezioso Vìctor Tapia, che ringrazio infinitamente. Grazie mille. E un abbraccio         Francesca Caddeo"










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